Don Quijote de la Mancha

Don Quijote de la Mancha

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Asomó entonces por el camino un coche, con cuatro o cinco de a caballo que le acompañaban y dos mozos de mulas de a pie. Venía en el coche, como después se supo, una señora vizcaína que iba a Sevilla, donde estaba su marido que embarcaba a las Indias con un honroso cargo. Apenas los divisó don Quijote, cuando dijo a su escudero:

—O yo me engaño, o ésta ha de ser la más famosa aventura que se haya visto; porque aquellos bultos negros deben de ser, y son, sin duda, algunos encantadores que llevan hurtada alguna princesa en aquel coche.

—Peor será esto que los molinos de viento —exclamó Sancho.

—Ya te he dicho —respondió don Quijote— que sabes poco de achaques de aventuras.

Y, diciendo esto, se adelantó y se puso en mitad del camino, y en alta voz dijo:

—Gente endiablada y descomunal, liberad las altas princesas que lleváis forzadas. Si no, aparejaos a recibir presta muerte, por justo castigo de vuestras malas obras.

Un escudero de los que el coche acompañaban, que era vizcaíno, se fue entonces para don Quijote y, asiéndole de la lanza, le dijo, en mala lengua castellana y peor vizcaína, de esta manera:

—Anda, caballero que mal andes. Por el Dios que criome, que, si no dejas coche, así te matas.


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