Don Quijote de la Mancha

Don Quijote de la Mancha

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—Si tienes miedo —replicó don Quijote—, quítate de ahí y ponte en oración, mientras yo entro con ellos en fiera y desigual batalla.

Y en diciendo esto, y encomendándose de todo corazón a su señora Dulcinea, bien cubierto de su rodela, con la lanza en ristre, arremetió a todo el galope de Rocinante y embistió el primer molino, y, al darle una lanzada en el aspa, la hizo girar el viento con tanta furia, que hizo la lanza pedazos, llevándose tras sí al caballo y al caballero, que fue rodando muy maltrecho por el campo.

—¡Válgame Dios! —dijo Sancho—. ¿No le dije yo a vuestra merced que no eran sino molinos de viento, y que esto no podía ignorar sino quien llevase otros tales en la cabeza?

—Calla, amigo Sancho —respondió don Quijote—, que yo pienso que el mago Frestón, que me robó los libros de mi aposento, ha vuelto estos gigantes en molinos por quitarme la gloria de su vencimiento.

Luego don Quijote desgajó una rama seca que le podía servir de lanza, puso en ella el hierro de la que se había quebrado y volvieron a tomar el camino de Puerto Lápice.


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