Don Quijote de la Mancha

Don Quijote de la Mancha

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—Has de saber, amigo Sancho Panza —respondió don Quijote—, que fue costumbre de los antiguos caballeros andantes hacer gobernadores a sus escuderos de las ínsulas o reinos que ganaban, y, si tú vives y yo vivo, bien podría ser que antes de seis días ganase yo un reino en el que coronarte rey.

—De esta manera —respondió Sancho Panza—, si yo fuese rey por algún milagro de los que vuestra merced dice, por lo menos mi mujer vendría a ser reina.

—Pues ¿quién lo duda?

—Yo lo dudo —replicó Sancho Panza—, porque sepa, señor, que para reina no vale dos maravedís. Condesa le caerá mejor, y aun eso lo veo muy difícil.

En esto descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento que hay en el campo de Montiel y, así que don Quijote los vio, dijo a su escudero:

—La ventura va guiando nuestras cosas, porque ves allí, amigo Sancho, treinta o más desaforados gigantes con quienes pienso hacer batalla y con cuyos despojos comenzaremos a enriquecer.

—¿Qué gigantes? —dijo Sancho Panza.

—Aquellos que allí ves de los brazos largos.

—Mire vuestra merced —respondió Sancho— que aquéllos no son gigantes sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son las aspas.


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