Don Quijote de la Mancha

Don Quijote de la Mancha

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Puestas en alto las cortadoras espadas, no parecía sino que estaban amenazando al cielo, a la tierra y al abismo. Y el primero que fue a descargar el golpe fue el colérico vizcaíno, y fue dado con tanta fuerza y con tanta furia que, acertándole en el hombro izquierdo, desarmó todo aquel lado de su contrario, llevándole de camino la mitad de la oreja.

¡Válgame Dios, y quién será aquel que pueda contar ahora la rabia que entró en el corazón de nuestro manchego! No se diga más sino que se alzó en los estribos y, apretando más la espada en las dos manos, con tal furia descargó sobre el vizcaíno, acertándole de lleno sobre la almohada y sobre la cabeza, que éste comenzó a echar sangre por las narices y por la boca y por los oídos, y a caer de la mula abajo.

Las señoras del coche, que hasta entonces con gran desmayo habían mirado la pendencia, fueron adonde estaba don Quijote y le pidieron les hiciese la gran merced y favor de perdonar a aquel su escudero. A lo cual don Quijote respondió:

—Fermosas señoras, yo soy muy contento de hacer lo que me pedís. Mas con la condición de que este caballero prometa ir al Toboso y presentarse de mi parte ante la sin par doña Dulcinea, para que ella haga de él su voluntad.


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