Don Quijote de la Mancha

Don Quijote de la Mancha

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Las temerosas señoras, sin preguntar quién Dulcinea fuese, le prometieron que el escudero haría todo lo mandado. Viendo entonces Sancho acabada la pendencia, se hincó de rodillas delante de su amo y, asiéndole de la mano, se la besó y le dijo:

—Sea vuestra merced servido de darme el gobierno de la ínsula que en esta rigurosa pendencia se ha ganado.

A lo cual respondió don Quijote:

—Advertid, hermano Sancho, que esta aventura y las a ésta semejantes no son aventuras de ínsulas, sino de encrucijadas, en las cuales no se gana otra cosa que sacar rota la cabeza o una oreja menos. Tened paciencia, que más aventuras se ofrecerán.

Entonces, sin despedirse ni hablar más con las damas del coche, don Quijote se entró por un bosque que allí junto estaba. Al rato, encontraron a unos cabreros de buen ánimo. Y Sancho, habiendo acomodado a Rocinante y a su jumento, se fue tras el olor que desprendían ciertos tasajos de cabra que hirviendo al fuego en un caldero estaban.

Los cabreros, tendiendo por el suelo unas pieles de oveja, aderezaron su rústica mesa y los convidaron a los dos.


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