Don Quijote de la Mancha
Don Quijote de la Mancha —Porque veas, Sancho —dijo don Quijote—, el bien que encierra la andante caballerÃa, quiero que comas en mi plato y bebas por donde yo bebiere, porque de la caballerÃa andante se puede decir lo mismo que del amor se dice: que todas las cosas iguala.
No entendÃan los cabreros aquella jerigonza de caballeros andantes, y no hacÃan otra cosa que comer y callar, y mirar a sus huéspedes, que, con mucho donaire y gana, embaulaban tasajos como puños. Después que don Quijote hubo satisfecho su estómago, tomó unas bellotas en la mano y, mirándolas atentamente, soltó la voz a semejantes razones:
—Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quienes los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase sin fatiga alguna, sino porque entonces se ignoraban estas dos palabras de tuyo y mÃo. A nadie le era necesario para alcanzar su sustento otro trabajo que alzar la mano hacia las robustas encinas, que les estaban convidando con su dulce y sazonado fruto. La arbitrariedad aún no se habÃa asentado en el entendimiento del juez, porque entonces no habÃa que juzgar, ni quien fuese juzgado. Las doncellas andaban solas, y su perdición nacÃa de su gusto y propia voluntad.