Don Quijote de la Mancha
Don Quijote de la Mancha Y, diciendo esto, puso las espuelas a Rocinante y, lanza en ristre, bajó de la colina como un rayo, se entró por medio del escuadrón de las ovejas y comenzó a alanceallas con coraje. Los pastores desciñéronse las hondas y comenzaron a saludarle los oídos con piedras como el puño. Pero don Quijote no se preocupaba de las piedras. Llegó en esto una peladilla que le sepultó dos costillas en el cuerpo. Y luego otra almendra que se llevó de camino tres o cuatro dientes y muelas de la boca. Tal fueron los golpes, que le fue forzoso al pobre caballero dar consigo del caballo abajo. Llegáronse a él los pastores, y creyeron que le habían muerto. Y así, con mucha prisa, recogieron su ganado, cargaron con las reses muertas y se fueron.
Estábase todo ese tiempo Sancho mirando las locuras de su amo y maldiciendo la hora y el punto en que lo había conocido. Luego llegose a él y díjole:
—Más bueno era vuestra merced para predicador que para caballero andante.
—Dame acá la mano —dijo don Quijote—, y atiéntame con el dedo, y mira bien cuántos dientes y muelas me faltan de este lado derecho.
—Pues en esta parte de abajo —dijo Sancho— no tiene vuestra merced más de dos muelas y media; y en la de arriba ni media, ni ninguna; que está toda como la palma de la mano.