Don Quijote de la Mancha
Don Quijote de la Mancha —¡Sin ventura yo! —dijo don Quijote—. Porque te hago saber, Sancho, que boca sin muelas es como molino sin piedra, y en mucho más se ha de estimar un diente que un diamante. Y ahora guÃame tú, amigo Sancho, que yo te seguiré al paso que quisieres.
HÃzolo asà Sancho hacia donde le pareció que podÃa hallar posada, sin salirse del camino real.
En otras pláticas les tomó la noche en mitad del camino, y lo que no habÃa de bueno en ello era que perecÃan de hambre. Yendo de esta manera, el escudero hambriento y el amo con ganas de comer, vieron que por el mismo camino venÃan hacia ellos gran multitud de lumbres. De allà a muy poco descubrieron que eran veinte encamisados, todos a caballo, con sus hachas encendidas, detrás de los cuales venÃa una litera cubierta de luto. Ante semejante visión, a tales horas y en tal despoblado, Sancho comenzó a dar diente con diente, como quien tiene frÃo de fiebre cuartana, pero don Quijote, con gentil brÃo y continente, se puso en medio del camino y dijo:
—Deteneos quienquiera que seáis, y dadme cuenta de quién sois, que es menester que yo lo sepa para que pueda castigaros del mal que fecisteis o bien para vengaros del tuerto que vos ficieron.
—Vamos de prisa —respondió uno de los encamisados— y no podemos detenernos.