Don Quijote de la Mancha

Don Quijote de la Mancha

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Y picando la mula, pasó adelante. Don Quijote, ya encolerizado, enristrando su lanzón, arremetió a uno de los enlutados y dio con él en tierra. Los encamisados, entonces, que era gente medrosa y sin armas, comenzaron a correr por el campo con las hachas encendidas, que no parecían sino máscaras del carnaval. Y Sancho, admirado de su señor, decía entre sí:

—Sin duda este mi amo es tan valiente como él dice.

Llegose don Quijote al derribado y le puso la punta del lanzón en el rostro, diciéndole que se rindiese; si no, que le mataría. A lo cual respondió éste:

—Harto caído estoy, que tengo una pierna quebrada. Yo no soy sino bachiller y natural de Alcobendas. Vengo de Baeza con otros sacerdotes acompañando a un cuerpo muerto que llevábamos a su sepultura, que está en Segovia, de donde es natural.

—¿Y quién le mató? —preguntó don Quijote.

—Dios, por medio de unas calenturas pestilentes.

—De esta suerte —dijo don Quijote—, Nuestro Señor me ahorra el trabajo de tomar venganza de su muerte y deshacer su agravio.

—El agravio que en mí habéis deshecho —dijo el bachiller— ha sido dejarme agraviado para siempre.

—El daño estuvo, señor bachiller —respondió don Quijote—, en venir, como veníades, que propiamente semejábades cosa del otro mundo.


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