Don Quijote de la Mancha
Don Quijote de la Mancha A lo mejor crees que con todo eso que ya conoces sobre el personaje no te hace falta leer el libro de Cervantes. ¿Para qué molestarte, si ya te lo sabes? Pero te aseguro que estás equivocado. Si no lees la novela, te perderás muchas cosas buenas. Para empezar, otras peripecias del caballero andante y su escudero de las que no has oído hablar pero que son sumamente divertidas y extravagantes. Además escucharás hablar a don Quijote con Sancho y te darás cuenta de que sólo estaba loco para los asuntos de caballerías pero en todo lo demás estaba muy cuerdo y hasta era en cierto modo un sabio. En esas conversaciones aparece también algo muy bonito, incluso te diría que emocionante: el nacimiento de una amistad. Don Quijote y Sancho son dos personas sumamente diferentes, podríamos decir que opuestas en todo, tanto en lo físico como en lo intelectual (¡imagínate, don Quijote ha perdido la chaveta de tanto leer libros mientras que Sancho ni siquiera sabe leer!). Al principio están bastante distantes el uno del otro, no se entienden demasiado bien: el caballero manda y el rústico obedece, rezongando un poco a veces y nada más. Sin embargo, a lo largo de la novela van fraguándose entre ellos vínculos de compañerismo y de auténtica amistad, que no excluye algunas broncas (si los amigos no regañan de vez en cuando es que no son amigos, sólo conocidos). Sancho admira a don Quijote, a pesar de que le ve equivocarse, sufrir y fracasar; don Quijote siente un afecto casi paternal por Sancho, a pesar de su ignorancia, de sus modales groseros y de que a veces abusa de su confianza. Cervantes nos muestra que es importante que los hombres sean sabios y valientes, pero sobre todo que sean capaces de entablar amistad con otros, aunque sean distintos a ellos.