Don Quijote de la Mancha
Don Quijote de la Mancha —Aprieta un poco las cinchas a Rocinante, y quédate con Dios y espérame aquà hasta tres dÃas no más, en los cuales, si no volviere, puedes tú volverte a nuestra aldea.
Pero Sancho, haciendo que apretaba las cinchas al caballo, ató con el cabestro de su asno ambos pies a Rocinante, de modo que, cuando don Quijote quiso partir, no pudo.
—Pues asÃ, Sancho, que Rocinante no puede moverse, yo estoy contento a esperar a que rÃa el alba, aunque yo llore lo que tardare en llegar.
En esto, parece ser, o que el frÃo de la mañana, o que fuese cosa natural —que es lo que más se debe creer—, a Sancho le vino voluntad y deseo de hacer lo que otro no pudiera hacer por él, mas era tanto su miedo, que no osaba apartarse un paso de su amo. Y asà lo que hizo fue soltarse los calzones con la mano derecha; alzó la camisa lo mejor que pudo y echó al aire ambas posaderas, que no eran muy pequeñas. Hecho esto, le pareció que no podÃa aliviarse sin hacer estrépito y ruido, y fue tan desdichado que, al cabo, vino a hacer un ruido bien diferente de aquel que le daba tanto miedo. Oyole don Quijote, y dijo:
—¿Qué rumor es ése, Sancho?
—Alguna cosa nueva debe de ser —respondió él—, que las aventuras nunca comienzan por poco.