Don Quijote de la Mancha

Don Quijote de la Mancha

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Tornó a probar ventura, y sucediole que, sin más ruido, se halló libre de la carga que tanta pesadumbre le había dado. Mas como Sancho estaba tan cerca de su amo, que casi por línea recta subían los vapores, no se pudo excusar que algunos no llegasen a sus narices. Y, apenas hubieron llegado, cuando él fue al socorro, apretándolas entre los dos dedos, y con tono algo gangoso, dijo:

—Paréceme, Sancho, que tienes mucho miedo. Retírate unos pasos, y desde aquí en adelante ten más en cuenta con tu persona y con lo que debes a la mía.

—Apostaré —replicó Sancho— que piensa vuestra merced que yo he hecho alguna cosa que no debía.

—Peor es meneallo, amigo Sancho —respondió don Quijote.

Acabó en esto de descubrirse el alba, y a unos cien pasos vieron la causa de aquel horrísono y para ellos espantable ruido que tan suspensos los había tenido toda la noche. Y eran seis mazos de batán de un molino hidráulico, que con sus golpes formaban aquel estruendo.

Cuando don Quijote vio lo que era, enmudeció e inclinó la cabeza sobre el pecho con muestras de estar corrido.


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