Don Quijote de la Mancha

Don Quijote de la Mancha

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En esto, comenzó a llover un poco, pero don Quijote no quiso entrar en el molino de los batanes y, torciendo el camino a la derecha, dieron en otro. De allí a poco, descubrió don Quijote a un hombre a caballo, que traía una cosa en la cabeza que relumbraba como si fuera de oro.

—Si no me engaño —dijo—, hacia nosotros viene uno que trae en su cabeza puesto el yelmo de Mambrino, que yo he jurado poseer.

—Mire vuestra merced lo que dice y hace —dijo Sancho—; que no querría que fuesen otros batanes que nos acabasen de abatanar y aporrear el sentido.

Pues el caso era que el yelmo, el caballo y el caballero que don Quijote veía era esto: que venía un barbero con una bacía de latón; y quiso la suerte que, para que no se le manchase el sombrero con la lluvia, se la puso sobre la cabeza, y, como estaba limpia, desde media legua relumbraba.

Cuando don Quijote vio cerca al pobre caballero, a todo correr de Rocinante le enristró con el lanzón bajo, llevando intención de pasarle de parte a parte. El barbero vio venir aquella fantasmada sobre sí y no tuvo otro remedio que dejarse caer del asno abajo. Y apenas hubo tocado el suelo, cuando se levantó más ligero que un gamo, y comenzó a correr que no le alcanzara el viento, dejando la bacía en el suelo.

Don Quijote se la puso luego en la cabeza y dijo:


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