Don Quijote de la Mancha

Don Quijote de la Mancha

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—Bien la conozco —dijo Sancho—, y sé decir que tira tan bien un bolo como el más forzudo zagal de todo el pueblo. ¡Qué fuerza tiene y qué voz! Sé decir que se puso un día encima del campanario a llamar a unos zagales, y, aunque estaban de allí a más de media legua, así la oyeron como si estuvieran al pie de la torre. Y lo mejor que tiene es que no es nada melindrosa: con todos se burla y de todo hace mueca y donaire. Bien considerado, ¿qué le ha de importar a Aldonza Lorenzo, digo, a la señora Dulcinea del Toboso, que se le vayan a hincar de rodillas los vencidos que vuestra merced le envía y ha de enviar?

—Has de saber, Sancho —respondió don Quijote—, que, por lo que yo quiero a Dulcinea del Toboso, tanto vale como la más alta princesa. Sí, que no todos los poetas que alaban damas es verdad que las tienen. ¿Piensas tú que las Dianas, las Galateas, las Alidas y otras tales de que los libros, los romances, los teatros de las comedias, están llenos, fueron verdaderamente damas de carne y hueso? No, por cierto, sino que los más se las inventan, por dar materia a sus versos, y porque los tengan por enamorados y por hombres que tienen el valor para serlo. Y así, básteme a mí pensar y creer que la buena de Aldonza Lorenzo es hermosa y honesta. Porque has de saber, Sancho, si no lo sabes, que dos cosas solas incitan a amar más que otras: la mucha hermosura y la buena fama.


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