Don Quijote de la Mancha
Don Quijote de la Mancha —Por amor de Dios, señor mÃo, que no vea yo en cueros a vuestra merced, que me dará mucha lástima y no podré dejar de llorar. Porque, ¿dónde se ha de sufrir que un caballero andante, tan famoso como vuestra merced, se vuelva loco?
—A lo que me parece, Sancho —dijo don Quijote—, tú no estás más cuerdo que yo.
Y asÃ, no sin muchas lágrimas de ambos, se despidieron. Mas no hubo andado Sancho cien pasos, cuando volvió y dijo:
—Digo, señor, que vuestra merced ha dicho muy bien, que para que pueda jurar sin cargo de conciencia que le he visto hacer locuras, será bien que vea siquiera una.
—¿No te lo decÃa yo? —dijo don Quijote—. Espérate, Sancho, que en un credo las haré.
Y, desnudándose a toda prisa los calzones, dio, sin más ni más, dos zapatetas en el aire y dos volteretas, la cabeza abajo y los pies en alto, descubriendo cosas que, por no verlas otra vez, volvió Sancho las riendas y se dio por contento de que podÃa jurar que su amo quedaba loco.