La ilustre fregona
La ilustre fregona Era ya anochecido, y, aunque Carriazo importunaba a Avendaño que fuesen a otra parte a buscar posada, no le pudo quitar de la puerta de la del Sevillano, esperando si acaso parecía la tan celebrada fregona. Entrábase la noche y la fregona no salía; desesperábase Carriazo, y Avendaño se estaba quedo; el cual, por salir con su intención, con escusa de preguntar por unos caballeros de Burgos que iban a la ciudad de Sevilla, se entró hasta el patio de la posada; y, apenas hubo entrado, cuando de una sala que en el patio estaba vio salir una moza, al parecer de quince años, poco más o menos, vestida como labradora, con una vela encendida en un candelero.
No puso Avendaño los ojos en el vestido y traje de la moza, sino en su rostro, que le parecía ver en él los que suelen pintar de los ángeles. Quedó suspenso y atónito de su hermosura, y no acertó a preguntarle nada: tal era su suspensión y embelesamiento. La moza, viendo aquel hombre delante de sí, le dijo:
—¿Qué busca, hermano? ¿Es por ventura criado de alguno de los huéspedes de casa?
—No soy criado de ninguno, sino vuestro —respondió Avendaño, todo lleno de turbación y sobresalto.
La moza, que de aquel modo se vio responder, dijo:
—Vaya, hermano, norabuena, que las que servimos no hemos menester criados.
Y, llamando a su señor, le dijo: