Los trabajos de Persiles y Sigismunda

Los trabajos de Persiles y Sigismunda

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Antonio, considerando que la hambre había de hacer su oficio y que ella había de ser bastante a quitarles las vidas, aprestó su arco, que siempre de las espaldas le colgaba, y dijo que él quería ir a descubrir la tierra, por ver si hallaba gente en ella o alguna caza que socorriese su necesidad. Vinieron todos con su parecer; y así, se entró con ligero paso por la isla, pisando, no tierra, sino nieve tan dura, por estar helada, que le parecía pisar sobre pedernales. Siguióle, sin que él lo echase de ver, la torpe Rosamunda, sin ser impedida de los demás, que creyeron que alguna natural necesidad la forzaba a dejallos. Volvió la cabeza Antonio a tiempo y en lugar donde nadie los podía ver, y, viendo junto a sí a Rosamunda, le dijo:

—La cosa de que menos necesidad tengo, en esta que agora padecemos, es la de tu compañía. ¿Qué quieres, Rosamunda? Vuélvete, que ni tú tienes armas con que matar género de caza alguna, ni yo podré acomodar el paso a esperarte. ¿Qué me sigues?

—¡Oh inesperto mozo —respondió la mujer torpe—, y cuán lejos estás de conocer la intención con que te sigo y la deuda que me debes!

Y en esto se llegó junto a él, y prosiguió diciendo:


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