Los trabajos de Persiles y Sigismunda
Los trabajos de Persiles y Sigismunda —Ves aquÃ, ¡oh nuevo cazador, más hermoso que Apolo!, otra nueva Dafne que no te huye, sino que te sigue. No mires que ya a mi belleza la marchita el rigor de [la] edad, ligera siempre, sino considera en mà a la que fue Rosamunda, domadora de las cervices de los reyes y de la libertad de los más esentos hombres. Yo te adoro, generoso joven, y aquÃ, entre estos yelos y nieves, el amoroso fuego me está haciendo ceniza el corazón. Gocémonos, y tenme por tuya, que yo te llevaré a parte donde llenes las manos de tesoros, para ti, sin duda alguna, de mà recogidos y guardados si llegamos a Inglaterra, donde mil bandos de muerte tienen amenazada mi vida. Escondido te llevaré adonde te entregues en más oro que tuvo Midas y en más riquezas que acumuló Craso.
Aquà dio fin a su plática, pero no al movimiento de sus manos, que arremetieron a detener las de Antonio, que de sà las apartaba, y entre esta tan honesta como torpe contienda decÃa Antonio: