Los trabajos de Persiles y Sigismunda
Los trabajos de Persiles y Sigismunda —¡Detente, oh arpÃa! ¡No turbes ni afees las limpias mesas de Fineo! ¡No fuerces, oh bárbara egipcia, ni incites la castidad y limpieza deste que no es tu esclavo! ¡Tarázate la lengua, sierpe maldita, no pronuncies con deshonestas palabras lo que tienes escondido en tus deshonestos deseos! ¡Mira el poco lugar que nos queda desde este punto al de la muerte, que nos está amenazando con la hambre y con la incertidumbre de la salida deste lugar, que, puesto que fuera cierta, con otra intención la acompañara que con la que me has descubierto! ¡DesvÃate de mà y no me sigas, que castigaré tu atrevimiento y publicaré tu locura! Si te vuelves, mudaré propósito, y pondré en silencio tu desvergüenza; si no me dejas, te quitaré la vida.
Oyendo lo cual la lasciva Rosamunda, se le cubrió el corazón, de manera que no dio lugar a suspiros, a ruegos ni a lágrimas. Dejóla Antonio, sagaz y advertido. Volvióse Rosamunda, y él siguió su camino; pero no halló en él cosa que le asegurase, porque las nieves eran muchas y los caminos ásperos, y la gente ninguna. Y, advirtiendo que si adelante pasaba, podÃa perder el camino de vuelta, se volvió a juntar con la compañÃa; alzaron todos las manos al cielo, y pusieron los ojos en la tierra, como admirados de su desventura. A Mauricio dijeron que volvieran al mar el esquife, pues no era posible remediarse en la imposibilidad y soledad de la isla.