Los trabajos de Persiles y Sigismunda

Los trabajos de Persiles y Sigismunda

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Grande fue la priesa que se dieron a serrar el bajel, y grande el deseo que todos tenían de ver el parto. Abrióse, en fin, una gran concavidad, que descubrió muertos muertos y vivos que lo parecían; metió uno el brazo, y asió de una doncella que el palpitarle el corazón daba señales de tener vida; otros hicieron lo mismo, y cada uno sacó su presa, y algunos, pensando sacar vivos, sacaban muertos; que no todas veces los pescadores son dichosos. Finalmente, dándoles el aire y la luz a los medio vivos, respiraron y cobraron aliento; limpiáronse los rostros, fregáronse los ojos, estiraron los brazos, y, como quien despierta de un pesado sueño, miraron a todas partes; y hallóse Auristela en los brazos de Arnaldo, Transila en los de Clodio, Ricla y Constanza en los de Rutilio [y] Antonio el padre, y Antonio el hijo en los de ninguno, porque se salió por sí mismo, y lo mismo hizo Mauricio.

Arnaldo quedó más atónito y suspenso que los resucitados, y más muerto que los muertos. Miróle Auristela, y, no conociéndole, la primera palabra que le dijo fue —que ella fue la primera que rompió el silencio de todos:

—¿Por ventura, hermano, está entre esta gente la bellísima Sinforosa?


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