Los trabajos de Persiles y Sigismunda
Los trabajos de Persiles y Sigismunda —Ya sabes, señor, cómo, después que vine a tu casa y a tu servicio, siempre he procurado no apartarme en él con la solicitud posible; sabes también, fiado en la verdad que de mí tienes conocida, que me tienes hecha archivo de tus secretos, y sabes, como prudente, que en los casos propios, y más si se ponen de por medio deseos amorosos, suelen errarse los discursos que, al parecer, van más acertados; y por esto querría que, en el que ahora tienes hecho de dejar ir libremente a Arnaldo y a toda su compañía, vas fuera de toda razón y de todo término. Dime: si no puedes presente rendir a Auristela, ¿cómo la rendirás ausente?; ¿y cómo querrá ella cumplir su palabra, volviendo a tomar por esposo a un varón anciano, que en efeto lo eres, que las verdades que uno conoce de sí mismo no nos pueden engañar, teniéndose ella de su mano a Periandro, que podría ser que no fuese su hermano, y a Arnaldo, príncipe mozo y que no la quiere para menos que para ser su esposa? No dejes, señor, que la ocasión que agora se te ofrece te vuelva la calva en lugar de la guedeja, y puedes tomar ocasión de detenerlos, de querer castigar la insolencia y atrevimiento que tuvo este mostruo bárbaro que viene en su compañía de matar en tu misma casa a aquel que dicen que se llamaba Clodio; que si ansí lo haces, alcanzarás fama que alberga en tu pecho, no el favor, sino la justicia.