Los trabajos de Persiles y Sigismunda

Los trabajos de Persiles y Sigismunda

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Estaba escuchando Policarpo atentísimamente a la maliciosa Cenotia, que con cada palabra que le decía le atravesaba, como si fuera con agudos clavos, el corazón; y luego luego quisiera correr a poner en efeto sus consejos. Ya le parecía ver a Auristela en brazos de Periandro, no como en los de su hermano, sino como en los de su amante; ya se la contemplaba con la corona en la cabeza del reino de Dinamarca, y que Arnaldo hacía burla de sus amorosos disinios. En fin, la rabia de la endemoniada enfermedad de los celos se le apoderó del alma en tal manera, que estuvo por dar voces y pedir venganza de quien en ninguna cosa le había ofendido. Pero, viendo la Cenotia cuán sazonado le tenía, y cuán promto para ejecutar todo aquello que más le quisiese aconsejar, le dijo que se sosegase por entonces, y que esperasen a que aquella noche acabase de contar Periandro su historia, porque el tiempo se le diese de pensar lo que más convenía.

Agradecióselo Policarpo, y ella, cruel y enamorada, daba trazas en su pensamiento cómo cumpliese el deseo del rey y el suyo. Llegó en esto la noche; juntáronse a conversación como la vez pasada; volvió Periandro a repetir algunas palabras antes dichas, para que viniese con concierto a anudar el hilo de su historia, que la había dejado en el certamen de las barcas.


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