Los trabajos de Persiles y Sigismunda
Los trabajos de Persiles y Sigismunda »Púsose en efeto mi mandamiento, y, llena de admiración y de espanto, se me humilló Sulpicia, la cual, como persona que no acertaba a saber lo que le había sucedido, tampoco acertaba a responderme, y lo que hizo fue mandar a una de sus damas le hiciese traer los cofres de sus joyas y de sus dineros. Hízolo así la dama, y en un instante, como aparecidos o llovidos del cielo, me pusieron delante cuatro cofres llenos de joyas y dineros. Abriólos Sulpicia, y hizo muestra de aquel tesoro a los ojos de mis pescadores, cuyo resplandor quizá, y aun sin quizá, cegó en algunos la intención que de ser liberales tenían, porque hay mucha diferencia de dar lo que se posee y se tiene en las manos, a dar lo que está en esperanzas de poseerse. Sacó Sulpicia un rico collar de oro, resplandeciente por las ricas piedras que en él venían engastadas, y diciendo: "Toma, capitán valeroso, esta prenda rica, no por otra cosa que por serlo la voluntad con que se te ofrece: dádiva es de una pobre viuda, que ayer se vio en la cumbre de la buena fortuna, por verse en poder de su esposo, y hoy se vee sujeta a la discreción destos soldados que te rodean, entre los cuales puedes repartir estos tesoros, que, según se dice, tienen fuerzas para quebrantar las peñas". A lo que yo respondí: "Dádivas de tan gran señora se han de estimar como si fuesen mercedes". Y, tomando el collar, me volví a mis soldados y les dije: "Esta joya es ya mía, soldados y amigos míos, y así puedo disponer de ella como cosa propia, cuyo precio, por ser a mi parecer inestimable, no conviene que se dé a uno solo. Tómele y guárdele el que quisiere, que, en hallando quien le compre, se dividirá el precio entre todos, y quédese sin tocar lo que la gran Sulpicia os ofrece, porque vuestra fama quede con este hecho frisando con el cielo". A lo que uno respondió: "Quisiéramos, ¡oh buen capitán!, que no nos hubieras prevenido con el consejo que nos has dado, porque vieras que de nuestra voluntad correspondíamos a la tuya. Vuelve el collar a Sulpicia: la fama que nos prometes, no hay collar que la ciña ni límite que la contenga". Quedé contentísimo de la respuesta de mis soldados, y Sulpicia admirada de su poca codicia.