Los trabajos de Persiles y Sigismunda

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Sinibaldo respondió que de lo que más se trataba era de la calamidad en que estaba puesto por el rey de los dánaos, Leopoldio, el rey antiguo de Dinamarca, y por otros allegados que a Leopoldio favorecían. Contó asimismo cómo se murmuraba que por la ausencia de Arnaldo, príncipe heredero de Dinamarca, estaba su padre tan a pique de perderse, del cual príncipe decían que, cual mariposa, se iba tras la luz de unos bellos ojos de una su prisionera, tan no conocida por linaje que no se sabía quién fuesen sus padres. Contó con esto guerras del de Transilvania, movimientos del Turco, enemigo común del género humano; dio nuevas de la gloriosa muerte de Carlos V, rey de España y emperador romano, terror de los enemigos de la Iglesia y asombro de los secuaces de Mahoma. Dijo asimismo otras cosas más menudas, que unas alegraron y otras suspendieron, y las unas y las otras dieron gusto a todos, si no fue al pensativo Arnaldo, que desde el punto que oyó la opresión de su padre, puso los ojos en el suelo y la mano en la mejilla, y, al cabo de un buen espacio que así estuvo, quitó los ojos de la tierra, y, poniéndolos en el cielo, exclamando en voz alta, dijo:





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