Los trabajos de Persiles y Sigismunda

Los trabajos de Persiles y Sigismunda

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—¡Oh amor, oh honra, oh compasión paterna, y cómo me apretáis el alma! Perdóname, amor, que no porque me aparto te dejo; espérame, ¡oh honra!, que no porque tenga amor dejaré de seguirte; consuélate, ¡oh padre!, que ya vuelvo; esperadme, vasallos, que el amor nunca hizo ninguno cobarde, ni lo he de ser yo en defenderos, pues soy el mejor y el más bien enamorado del mundo. Para la sin par Auristela quiero ir a ganar lo que es mío, y para poder merecer, por ser rey, lo que no merezco por ser amante: que el amante pobre, si la ventura a manos llenas no le favorece, casi no es posible que llegue a felice fin su deseo. Rey la quiero pretender, rey la he de servir, amante la he de adorar; y si con todo esto no la pudiere merecer, culparé más a mi suerte que a su conocimiento.

Todos los circunstantes quedaron suspensos oyendo las razones de Arnaldo; pero el que más lo quedó de todos fue Sinibaldo, a quien Mauricio había dicho cómo aquél era el príncipe de Dinamarca, y aquélla, mostrándole a Auristela, la prisionera que decían que le traía rendido. Puso algo más, de propósito, los ojos en Auristela Sinibaldo, y luego juzgó a discreción la que en Arnaldo parecía locura, porque la belleza de Auristela, como otras veces se ha dicho, era tal, que cautivaba los corazones de cuantos la miraban, y hallaban en ella disculpa todos los errores que por ella se hicieran.


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