Los trabajos de Persiles y Sigismunda

Los trabajos de Persiles y Sigismunda

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Quisieron todos saber luego qué causas habían traído allí a la lastimada y al parecer fugitiva, y a la desamparada criatura; pero fue parecer de Auristela que no le preguntasen nada hasta el venidero día, porque los sobresaltos no suelen dar licencia a la lengua, aun a que cuente venturas alegres, cuanto más desdichas tristes; y, puesto que el anciano pastor visitaba a menudo el árbol, no preguntaba nada al depósito que tenía, sino solamente por su salud; y fuele respondido que, aunque tenía mucha ocasión para no tenerla, le sobraría como ella se viese libre de los que la buscaban, que era su padre y hermanos. Cubrióla y encubrióla el pastor, y dejóla, y volvióse a los peregrinos, que aquella noche la pasaron con más claridad de las hogueras y fuegos de los pastores que con aquélla que ella les concedía; y, antes que el cansancio les obligase a entregar los sentidos al sueño, quedó concertado que el pastor que había llevado la criatura a procurar que las cabras fuesen sus amas, la llevase y entregase a una hermana del anciano ganadero, que, casi dos leguas de allí, en una pequeña aldea, vivía. Diéronle que llevase la cadena, con orden de darla a criar en la misma aldea, diciendo ser de otra algo apartada. Todo esto se hizo así, con que se aseguraron y apercibieron a desmentir las espías, si acaso volviesen, o viniesen otras de nuevo, a buscar los perdidos; a lo menos, los que perdidos parecían. En tratar desto y en satisfacer la hambre y en un breve rato que se apoderó de sus ojos el sueño y de sus lenguas el silencio, se pasó el de la noche, y se vino a más andar el día, alegre para todos, si no para la temerosa que, encerrada en el árbol, apenas osaba ver del sol la claridad hermosa.


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