Los trabajos de Persiles y Sigismunda
Los trabajos de Persiles y Sigismunda —Padre —respondió el mozo— vamos a nuestro rancho, que hay muchas cosas que decir y muchas más que pensar. La isla se abrasa, casi todos los moradores della quedan hechos ceniza o medio abrasados; estas pocas reliquias que aquà veis, por impulso del cielo las he hurtado a las llamas y al filo de los bárbaros puñales. Vamos, señor, como tengo dicho, a nuestro rancho, para que la caridad de mi madre y de mi hermana se muestre y ejercite en acariciar a estos mis cansados y temerosos huéspedes.
Guió el padre, siguiéronle todos, animóse Cloelia, pues caminó a pie, no quiso dejar Periandro la hermosa carga que llevaba, por no ser posible que le diese pesadumbre, siendo Auristela único bien suyo en la tierra.
Poco anduvieron, cuando llegaron a una altÃsima peña, al pie de la cual descubrieron un anchÃsimo espacio o cueva, a quien servÃan de techo y de paredes las mismas peñas. Salieron con teas encendidas en las manos dos mujeres vestidas al traje bárbaro: la una muchacha de hasta quince años, y la otra hasta treinta; ésta hermosa, pero la muchacha hermosÃsima.
La una dijo:
—¡Ay, padre y hermano mÃo!
Y la otra no dijo más sino:
—Seáis bien venido, regalado hijo de mi alma.