Los trabajos de Persiles y Sigismunda
Los trabajos de Persiles y Sigismunda Estando en esto, vieron llegar al mesón gran golpe de gente, entre la cual venía un hombre, en cuerpo, de gentil parecer, rodeado de cinco o seis criaturas, de edad de cuatro a siete años; venía junto a él una mujer amargamente llorando, con un lienzo de dineros en la mano, la cual, con lastimada voz, venía diciendo:
—Tomad, señores, vuestros dineros, y volvedme a mi marido, pues no el vicio, sino la necesidad, le hizo tomar este dinero. Él no se ha jugado, sino vendido, porque quiere a costa de su trabajo sustentarme a mí y a sus hijos: ¡amargo sustento y amarga comida para mí y para ellos!
—Callad, señora —dijo el hombre—, y gastad ese dinero, que yo le desquitaré con la fuerza de mis brazos, que todavía se amañarán antes a domeñar un remo que un azadón; no quise ponerme en aventura de perderlos, jugándolos, por no perder, juntamente con mi libertad, vuestro sustento.
Casi no dejaba oír el llanto de los muchachos esta dolorida plática que entre marido y mujer pasaba. Los ministros que le traían les dijeron que enjugasen las lágrimas, que si lloraran cuantas cabían en el mar, no serían bastantes a darle la libertad que había perdido.
Prevalecían en su llanto los muchachos, diciendo a su padre: