Los trabajos de Persiles y Sigismunda

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Capítulo veinte del tercero libro

AS posadas de Luca son capaces para alojar una compañía de soldados, en una de las cuales se alojó nuestro escuadrón, siendo guiado de las guardas de las puertas de la ciudad, que se los entregaron al huésped por cuenta, porque a la mañana, o cuando se partiesen, la había de dar dellos. Al entrar vio la señora Ruperta que salía un médico —que tal le pareció en el traje— diciendo a la huéspeda de la casa —que también le pareció no podía ser otra:

—Yo, señora, no me acabo de desengañar si esta doncella está loca o endemoniada, y, por no errar, digo que está endemoniada y loca; y, con todo eso, tengo esperanza de su salud, si es que su tío no se da priesa a partirse.

—¡Ay, Jesús! —dijo Ruperta—. ¿Y en casa de endemoniados y locos nos apeamos? En verdad, en verdad, que si se toma mi parecer, no hemos de poner los pies dentro.

A lo que dijo la huéspeda:

—Sin escrúpulo puede vuesa señoría —que éste es el merced de Italia— apearse, porque de cien leguas se podía venir a ver lo que está en esta posada.


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