Los trabajos de Persiles y Sigismunda
Los trabajos de Persiles y Sigismunda Apeáronse todos, y Auristela y Constanza, que habÃan oÃdo las razones de la huéspeda, le preguntaron qué habÃa en aquella posada que tanto encarecÃa el verla.
—Vénganse conmigo —respondió la huéspeda—, y verán lo que verán, y dirán lo que yo digo.
Guió, y siguiéronla, donde vieron echada en un lecho dorado a una hermosÃsima muchacha, de edad, al parecer, de diez y seis o diez y siete años; tenÃa los brazos aspados y atados con unas vendas a los balaustres de la cabecera del lecho, como que le querÃan estorbar el moverlos a ninguna parte; dos mujeres, que debÃan de servirla de enfermeras, andaban buscándole las piernas para atárselas también, a lo que la enferma dijo:
—Basta que se me aten los brazos, que todo lo demás las ataduras de mi honestidad lo tiene ligado.
Y, volviéndose a las peregrinas, con levantada voz dijo:
—¡Figuras del cielo!, ¡ángeles de carne!, sin duda creo que venÃs a darme salud, porque de tan hermosa presencia y de tan cristiana visita no se puede esperar otra cosa. Por lo que debéis a ser quien sois, que sois mucho, que mandéis que me desaten, que con cuatro o cinco bocados que me dé en el brazo, quedaré harta y no me haré más mal, porque no estoy tan loca como parezco, ni el que me atormenta es tan cruel que dejará que me muerda.