Los trabajos de Persiles y Sigismunda
Los trabajos de Persiles y Sigismunda Todas estas razones acabaron de confirmar en los oyentes la opinión que tenÃan de estar Isabela endemoniada, porque no podÃan pensar cómo pudiese saber ella Juan Bautista Marulo quién fuese, y su hijo Andrea; y no faltó quien fuese luego a decir al ya nombrado Juan Bautista Marulo lo que la bella endemoniada dél y de su hijo habÃa dicho.
Tornó a pedir que la dejasen sola con los que antes habÃa escogido; dijéronle los sacerdotes los Evangelios, y hicieron su gusto, llevándole todos de la señal que habÃa dado quedarÃa, cuando el demonio la dejase, libre; que indubitablemente la juzgaron por endemoniada.
Feliz Flora hizo de nuevo la pesquisa de la estancia, y, cerrando la puerta della, dijo a la enferma:
—Solos estamos; mira, señora, lo que quieres.
—Lo que quiero es —respondió Isabela— que me quiten estas ligaduras; que, aunque son blandas, me fatigan, porque me impiden.
Hiciéronlo asà con mucha diligencia, y, sentándose Isabela en el lecho, asió de la una mano a Auristela y de la otra a Ruperta, y hizo que Constanza y Feliz Flora se sentasen junto a ella en el mismo lecho; y asÃ, apiñadas en un hermoso montón, con voz baja y lágrimas en los ojos, dijo: