Los trabajos de Persiles y Sigismunda

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Capítulo ventiuno del tercero libro

RIESA se daba la hermosa Isabela Castrucha a revalidar su demonio, y priesa se daban las cuatro, ya sus amigas, a fortalecer su enfermedad, afirmando con todas las razones que podían de que verdaderamente era el demonio el que hablaba en su cuerpo: porque se vea quién es el amor, pues hace parecer endemoniados a los amantes.

Estando en esto, que sería casi al anochecer, volvió el médico a hacer la segunda visita, y acaso trujo con él a Juan Bautista Marulo, padre de Andrea el enamorado, y, al entrar del aposento de la enferma, dijo:

—Vea vuesa merced, señor Juan Bautista Marulo, la lástima desta doncella, y si merece que en su cuerpo de ángel se ande espaciando el demonio; pero una esperanza nos consuela, y es que nos ha dicho que presto saldrá de aquí, y dará por señal de su salida la venida del señor Andrea, vuestro hijo, que por instantes aguarda.

—Así me lo han dicho —respondió el señor Juan Bautista—, y holgaríame yo que cosas mías fuesen paraninfos de tan buenas nuevas.


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