Los trabajos de Persiles y Sigismunda

Los trabajos de Persiles y Sigismunda

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—Gracias a Dios y a mi diligencia —dijo Isabela—, que si no fuera por mí, él se estuviera agora quedo en Salamanca, haciendo lo que Dios se sabe. Créame el señor Juan Bautista, que está presente, que tiene un hijo más hermoso que santo, y menos estudiante que galán; que mal hayan las galas y las atildaduras de los mancebos, que tanto daño hacen en la república, y mal hayan juntamente las espuelas que no son de rodaja, y los acicates que no son puntiagudos, y las mulas de alquiler que no se aventajan a las postas.

Con éstas fue ensartando otras razones equívocas; conviene a saber, de dos sentidos, que de una manera las entendían sus secretarias y de otra los demás circunstantes. Ellas las interpretaban verdaderamente, y los demás, como desconcertados disparates.

—¿Dónde vistes vos, señora —dijo Marulo—, a mi hijo Andrea? ¿Fue en Madrid o en Salamanca?

—No fue sino en Illescas —dijo Isabela—, cogiendo guindas la mañana de San Juan, al tiempo que alboreaba; mas, si va a decir verdad, que es milagro que yo la diga, siempre le veo y siempre le tengo en el alma.

—Aun bien —replicó Marulo—, que esté mi hijo cogiendo guindas y no espulgándose, que es más propio de los estudiantes.


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