Los trabajos de Persiles y Sigismunda
Los trabajos de Persiles y Sigismunda En este tiempo, supo el duque cómo su contrario era príncipe heredero del reino de Dinamarca, y supo ansimismo la intención que tenía de escogerla por esposa. Esta verdad calificó en él sus pensamientos, que eran los mismos que los de Arnaldo. Parecióle que la que era estimada para reina, lo podía ser para duquesa; pero entre estos pensamientos, entre estos discursos y imaginaciones, se mezclaban los celos, de manera que le amargaban el gusto y le turbaban el sosiego. En fin, se llegó el día de su partida, y el duque y Arnaldo, cada uno por su parte, entró en Roma, sin darse a conocer a nadie; y los demás peregrinos de nuestra compañía, llegando a la vista della, desde un alto montecillo la descubrieron, y, hincados de rodillas, como a cosa sacra, la adoraron, cuando de entre ellos salió una voz de un peregrino, que no conocieron, que, con lágrimas en los ojos, comenzó a decir desta manera:
—¡Oh grande, oh poderosa, oh sacrosanta,
alma ciudad de Roma! A ti me inclino,
devoto, humilde y nuevo peregrino,
a quien admira ver belleza tanta.
Tu vista, que a tu fama se adelanta,
al ingenio suspende, aunque divino,
de aquél que a verte y adorarte vino
con tierno afecto y con desnuda planta.
La tierra de tu suelo, que contemplo
con la sangre de mártires mezclada,