Los trabajos de Persiles y Sigismunda

Los trabajos de Persiles y Sigismunda

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Capítulo cuarto del cuarto libro

STENDIÓSE aquel mismo día la llegada de las damas francesas por toda la ciudad, con el gallardo escuadrón de los peregrinos; especialmente se divulgó la desigual hermosura de Auristela, encareciéndola, si no como ella era, a lo menos cuanto podían las lenguas de los más discretos ingenios. Al momento se coronó la casa de los nuestros de mucha gente, que los llevaba la curiosidad y el deseo de ver tanta belleza junta, según se había publicado. Llegó esto a tanto estremo, que desde la calle pedían a voces se asomasen a las ventanas las damas y las peregrinas, que, reposando, no querían dejar verse; especialmente clamaban por Auristela, pero no fue posible que se dejase ver ninguna dellas.

Entre la demás gente que llegó a la puerta, llegaron Arnaldo y el duque, con sus hábitos de peregrinos, y, apenas se hubo visto el uno al otro, cuando a entrambos les temblaron las piernas y les palpitaron los pechos. Conociólos Periandro desde la ventana, díjoselo a Croriano, y los dos juntos bajaron a la calle, para estorbar en cuanto pudiesen la desgracia que podían temer de dos tan celosos amantes.

Periandro se pasó con Arnaldo, y Croriano con el duque, y lo que Arnaldo dijo a Periandro fue:


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