Los trabajos de Persiles y Sigismunda
Los trabajos de Persiles y Sigismunda Apenas entraron las francesas damas en la ciudad, cuando se llevaron tras sí los ojos de casi todo el pueblo, que, por ser día de estación, estaba llena aquella calle de Nuestra Señora del Pópulo de infinita gente; pero la admiración que comenzó a entrar poco a poco en los que a las damas francesas miraban, se acabó de entrar mucho a mucho en los corazones de los que vieron a la sin par Auristela y a la gallarda Constanza, que a su lado iba, bien así como van por iguales paralelos dos lucientes estrellas por el cielo.
Tales iban que dijo un romano que, a lo que se cree, debía de ser poeta:
—Yo apostaré que la diosa Venus, como en los tiempos pasados, vuelve a esta ciudad a ver las reliquias de su querido Eneas. Por Dios, que hace mal el señor gobernador de no mandar que se cubra el rostro desta movible imagen. ¿Quiere, por ventura, que los discretos se admiren, que los tiernos se deshagan y que los necios idolatren?
Con estas alabanzas, tan hipérboles como no necesarias, pasa adelante el gallardo escuadrón; llegó al alojamiento de Manasés, bastante para alojar a un poderoso príncipe y a un mediano ejército.