Los trabajos de Persiles y Sigismunda

Los trabajos de Persiles y Sigismunda

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Tenía la señora Hipólita —que con este nombre la llamaban en Roma, como si lo fuera— un amigo llamado Pirro Calabrés, hombre acuchillador, impaciente, facinoroso, cuya hacienda libraba en los filos de su espada, en la agilidad de sus manos y en los engaños de Hipólita, que muchas veces con ellos alcanzaba lo que quería, sin rendirse a nadie; pero en lo que más Pirro aumentaba su vida, era en la diligencia de sus pies, que lo estimaba en más que las manos y de lo que él más se preciaba era de traer siempre asombrada a Hipólita en cualquiera condición que se le mostrase, ora fuese amorosa, ora fuese áspera; que nunca les falta a estas palomas duendas milanos que las persigan, ni pájaros que las despedacen: ¡miserable trato de esta mundana y simple gente!

Digo, pues, que este caballero, que no tenía de serlo más que el nombre, se halló en casa de Hipólita, al tiempo que entraron en ella el judío y Periandro. Apartóle aparte Hipólita y díjole:

—Vete con Dios, amigo, y llévate esta cadena de oro de camino, que este peregrino me envió con Zabulón esta mañana.

—Mira lo que haces, Hipólita —respondió Pirro—, que, a lo que se me trasluce, este peregrino es español, y soltar él de su mano, sin haber tocado la tuya, esta cadena, que debe de valer cien escudos, gran cosa me parece, y mil temores me sobresaltan.


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