Los trabajos de Persiles y Sigismunda
Los trabajos de Persiles y Sigismunda —Llévate tú, ¡oh Pirro!, la cadena, y déjame a mí el cargo de sustentarla y de no volverla, a pesar de todas sus españolerías.
Tomó la cadena, que le dio Hipólita, Pirro, que para el efeto la había hecho comprar aquella mañana, y, sellándole la boca con ella, más que de paso le hizo salir de casa.
Luego Hipólita, libre y desembarazada de su corma, suelta de sus grillos, se llegó a Periandro, y, sin desenfado y con donaire, lo primero que hizo fue echarle los brazos al cuello, diciéndole:
—En verdad que tengo de ver si son tan valientes los españoles como tienen la fama.
Cuando Periandro vio aquella desenvoltura, creyó que toda la casa se le había caído a cuestas; y, poniéndole la mano delante el pecho a Hipólita, la detuvo y la apartó de sí, y le dijo:
—Estos hábitos que visto, señora Hipólita, no permiten ser profanados, o a lo menos yo no lo permitiré en ninguna manera; y los peregrinos, aunque sean españoles, no están obligados a ser valientes cuando no les importa; pero mirad vos, señora, en qué queréis que muestre mi valor, sin que a los dos perjudique, y seréis obedecida sin replicaros en nada.