Novelas ejemplares
Novelas ejemplares —¡Ay —decÃa la señora Catalina—, si sabe la reina que yo he criado a esta niña a la católica y de aquà viene a inferir que todos los desta casa somos cristianos! Pues si la reina le pregunta qué es lo que ha aprendido en ocho años que ha que es prisionera, ¿qué ha de responder la cuitada[580] que no nos condene, por más discreción que tenga?
Oyendo lo cual Isabela, le dijo:
—No le dé pena alguna, señora mÃa, ese temor, que yo confÃo en el cielo que me ha de dar palabras en aquel instante, por su divina misericordia, que no solo no os condenen, sino que redunden en provecho vuestro.
Temblaba Ricaredo, casi como adivino de algún mal suceso. Clotaldo buscaba modos que pudiesen dar ánimo a su mucho temor y no los hallaba sino en la mucha confianza que en Dios tenÃa y en la prudencia de Isabela, a quien encomendó mucho que, por todas las vÃas que pudiese excusase el condenallos por católicos; que, puesto que estaban prontos[581] con el espÃritu a recebir martirio, todavÃa la carne enferma rehusaba su amarga carrera. Una y muchas veces le aseguró Isabela estuviesen seguros que por su causa no sucederÃa lo que temÃan y sospechaban, porque, aunque ella entonces no sabÃa lo que habÃa de responder a las preguntas que en tal caso le hiciesen, tenÃa tan viva y cierta esperanza que habÃa de responder de modo que, como otra vez habÃa dicho, sus respuestas les sirviesen de abono[582].