Novelas ejemplares
Novelas ejemplares CIPIÓN: Tienes razón, Berganza. Mira si te queda más que decir.
BERGANZA: Dos cosas no más, con que daré fin a mi plática, que ya me parece que viene el dÃa. Yendo una noche mi mayor[1346] a pedir limosna en casa del corregidor desta ciudad, que es un gran caballero y muy gran cristiano, hallámosle solo y pareciome a mà tomar ocasión de aquella soledad para decirle ciertos advertimientos que habÃa oÃdo decir a un viejo enfermo deste hospital, acerca de cómo se podÃa remediar la perdición tan notoria de las mozas vagamundas, que por no servir dan en malas y tan malas, que pueblan los veranos todos los hospitales de los perdidos que las siguen: plaga intolerable y que pedÃa presto y eficaz remedio. Digo que, queriendo decÃrselo, alcé la voz, pensando que tenÃa habla y, en lugar de pronunciar razones concertadas, ladré con tanta priesa y con tan levantado tono que, enfadado el corregidor, dio voces a sus criados que me echasen de la sala a palos y un lacayo que acudió a la voz de su señor, que fuera mejor que por entonces estuviera sordo, asió de una cantimplora de cobre que le vino a la mano y diómela tal en mis costillas que hasta ahora guardo las reliquias de aquellos golpes.
CIPIÓN: Y ¿quéjaste deso, Berganza?
BERGANZA: Pues ¿no me tengo de quejar, si hasta ahora me duele como he dicho y si me parece que no merecÃa tal castigo mi buena intención?