Memento mori
Memento mori Una mujer despierta atada a una silla, con una bolsa en la cabeza, empapada en sudor, lágrimas y miedo. Un asesino serial la observa con frialdad mientras recita versos y le promete que el final está cerca. Ella reza, suplica, lucha por un último aliento. Mientras tanto, en Valladolid, el inspector Ramiro Sancho recibe una llamada: ha aparecido un cadáver mutilado con un poema en la boca. No sabe que acaba de entrar en el juego macabro de una mente brillante y enferma. El tiempo corre. Y el poeta asesino ya ha empezado su obra.
La oscuridad no siempre llega con el crepúsculo. A veces, empieza con una bolsa de plástico y una silla. Mercedes, atrapada en una pesadilla húmeda y asfixiante, siente el calor en la piel, el sudor mezclado con orina y miedo, y un calcetÃn que le ahoga el grito. No hay escapatoria. Solo el susurro perverso de una voz que le habla con una calma monstruosa.
—Voy a cambiarte la bolsa y a limpiarte un poco la cara. Quiero enseñarte algo —dice el hombre, mientras retira la membrana que casi se ha fundido con su rostro.