Memento mori
Memento mori Ella abre los ojos. Y lo ve. Lo que él le muestra le arranca un gemido seco desde las entrañas. Una mezcla de horror, de asco, de resignación. Su cuerpo está al lÃmite. Pero él, orgulloso, la admira como quien contempla una obra maestra. Ha superado sus expectativas.
—Ahora es mÃa y solo mÃa —susurra—. Solo querÃa saber hasta dónde eras capaz de aguantar.
Ella, Mercedes, no se rinde. Se aferra a santos y vÃrgenes, a recuerdos de su hijo y a una fe que ya no consuela. La bolsa vuelve a cubrir su cara. El aire se hace más denso. La muerte es lenta, casi compasiva. Él le habla de poemas, de canciones de Rammstein, de secretos que no merecerá escuchar.
—Memento mori. Ya no tenemos más tiempo. Bueno, puntualizo: es a ti a quien se le ha acabado el tiempo.
Las palabras son cuchillas en la garganta. Mercedes se ahoga con sus propios fluidos, la bilis, las lágrimas, el vómito contenido. La cinta se ajusta al cuello. Y en ese instante final, ella ve sus ojos. Pequeños. Negros. Idénticos a los suyos.
—¡Que empiece el viaje ya! Adiós, madre.
El silencio cae como una lápida. La muerte huele a tabaco avainillado. Y en el aire flota la voz de Enrique Bunbury, cantando para nadie.
—Permite que te invite a la despedida…