Memento mori
Memento mori Esta no es una muerte cualquiera. Es un manifiesto. Un prólogo recitado por un asesino que convierte el arte en arma y el asesinato en ritual.
El inspector Ramiro Sancho despierta aún convaleciente, esclavizado por una gastroenteritis que lo ha dejado vacÃo, literalmente. Pero la llamada del subinspector Matesanz rompe cualquier tregua que su cuerpo enfermo pudiera negociar. Una joven ha aparecido muerta. Mutilada. Tirada en un parque. El parque Ribera de Castilla, en Valladolid.
—TendrÃas que venir de inmediato al Anatómico —le dice Matesanz, con una voz tan apagada que el frÃo se mete en la médula de Sancho.
Apenas treinta minutos después, Sancho está frente al Instituto Anatómico Forense, el sol otoñal clavándose en la piel sin dar consuelo. Dentro, el cuerpo espera. La vÃctima es una joven ecuatoriana de veinticuatro años: MarÃa Fernanda Sánchez. Los párpados, seccionados con precisión quirúrgica. La mirada congelada en la muerte.
—¡Hay que joderse, Manolo! ¿Qué le han hecho a esta chica? —escupe Sancho al ver el cadáver.