Memento mori
Memento mori El forense Villamil le responde sin adornos: estrangulación manual. Tráquea aplastada. Los párpados cortados, guardados como trofeos. No hubo violación. No hubo lucha. Solo control. Solo dominio. Pero lo más perturbador está en la boca de la víctima: un poema, doblado con esmero dentro de una bolsita de plástico.
El asesino es metódico, inteligente, posiblemente culto. Y no ha dejado nada al azar. “Afrodita”, titula el poema. Habla de ira, de mentiras, de futuros difuntos, de un cisne negro que emerge de la espuma. Sancho lo lee y siente que el asesino no ha terminado. Que esto es apenas la primera página de un libro escrito con sangre.
—Inspector Sancho, me da la sensación de que no va a ser nada fácil ni rápido agarrar a este malnacido —dice Villamil.
—Le atraparemos. Cuando cometa un error, ahí estaremos nosotros.
Villamil lo mira con gravedad.
—Precisamente eso es lo que me preocupa. Para que cometa un error… tendrá que matar de nuevo.
La ciudad de Valladolid, gris y templada, no sabe que un nuevo monstruo ha despertado en sus calles. Y Ramiro Sancho, con su barba rojiza y su alma a medio camino entre el deber y la desesperanza, se prepara para una cacería que lo cambiará para siempre.