Memento mori
Memento mori La lluvia cae como si la ciudad tratara de lavarse la sangre. Pero no basta. Sancho sabe que lo que busca no se limpia con agua, ni se borra con tiempo. Lo que enfrenta es un asesino que piensa, que planea... que escribe. Y cada verso dejado en la escena del crimen es un mensaje, una provocación, una firma.
El caso toma forma entre informes forenses, interrogatorios y silencios que gritan. MarÃa Fernanda trabajaba en un bar de copas. Sancho interroga al jefe, al novio, a los compañeros. Pero ninguno encaja. Nadie vio nada. Nadie escuchó nada. Y el poema sigue allÃ, latiendo, como si escondiera la siguiente vÃctima entre sus estrofas.
—¿Y si esto no es solo un crimen? ¿Y si es arte para él? —plantea Sancho durante una reunión.
El comisario Armando Diéguez levanta la vista del informe.
—¿Te refieres a que se cree un artista?
—No. Peor. Se cree un autor.
La investigación tropieza. No hay pistas sólidas. Pero hay otro hallazgo: las cámaras de un cajero automático captan a la vÃctima la noche del asesinato. Está sola. Luego aparece un hombre, de rostro oculto, que se le acerca. No hay más. Desaparecen en la oscuridad.