Memento mori
Memento mori Los días se suceden con lentitud. La presión mediática aumenta. Y el asesino... calla. Hasta que otro poema aparece, esta vez pegado en una cabina telefónica. Es otra composición oscura, hipnótica, donde habla del juicio, de la culpa, del amor como tortura. No hay cuerpo esta vez. Solo una promesa.
—Este tipo nos está vacilando —gruñe Matesanz.
Sancho siente que están bailando al ritmo del asesino. Y que ese ritmo está marcado por la poesía. Pide a la unidad de análisis de conducta del CNI una colaboración especial. Quiere alguien que entienda cómo piensa un asesino culto, sofisticado. Necesita meterse en su mente antes de que vuelva a actuar.
—Porque va a volver a hacerlo —dice Sancho, mirando el poema—. Esto es solo el principio. No se detendrá.
Mientras tanto, en algún rincón oculto de la ciudad, Augusto Ledesma sonríe. Afila sus versos. Y elige su próxima protagonista.