Memento mori
Memento mori Madrid. Un despacho que huele a libros viejos, madera y humo. Ahà vive, casi como un fantasma, Armando Lopategui, alias Carapocha. Exagente del KGB, experto en perfiles criminales, leyenda oscura de la inteligencia española. Vive aislado, como si hubiera visto demasiado del infierno y hubiera decidido quedarse cerca por costumbre.
—Inspector Sancho, ¿sabe usted lo que significa escribir con cadáveres? —le dice sin levantar la voz.
—Lo estoy aprendiendo —responde Sancho, tenso.
Carapocha hojea el informe, analiza las fotos. Cada detalle. Cada palabra del poema. Y su dictamen es inmediato:
—No tenemos un asesino. Tenemos un narrador. Con sed de protagonismo.
Lo que Carapocha descubre es inquietante. El asesino —a quien pronto identificarán como Augusto Ledesma— construye un universo simbólico. Cada vÃctima es un personaje. Cada crimen, un capÃtulo. Y el poema, el puente entre ambos mundos. Tiene una cosmovisión propia, una lógica macabra que va más allá del placer del acto: necesita que lo entiendan. O al menos, que lo escuchen.