Memento mori
Memento mori —Quiere que alguien lo lea, pero sobre todo, que lo interprete —dice Carapocha—. Su peor castigo serÃa pasar desapercibido.
Sancho siente un escalofrÃo. Está ante un enemigo que no solo mata: crea. Cada movimiento es parte de un guion. Cada detalle, una metáfora. Y el policÃa no es el cazador. Es parte de la obra. El antagonista necesario.
Con Carapocha a bordo, la investigación toma otro rumbo. Analizan la métrica, las referencias mitológicas, los temas recurrentes. Descubren conexiones literarias, nombres en clave, mensajes ocultos. Todo apunta a que Ledesma no improvisa: lleva años preparando esto.
Mientras tanto, otro cadáver aparece. Otra mujer joven, otra puesta en escena perfecta. Esta vez, la vÃctima ha sido asfixiada con una técnica especÃfica. Poca violencia, mucha planificación. Y, como siempre, el poema. Una elegÃa al desamor, al sacrificio, a la belleza efÃmera.
—¿Y si su objetivo final no es matar? —pregunta Carapocha, con los ojos encendidos.
—¿Entonces qué? —inquiere Sancho.
—Ser leÃdo. Ser entendido. Ser recordado.
Afuera, el otoño envuelve Valladolid con su niebla densa. Pero lo que de verdad pesa es lo que se mueve en las sombras. Porque ahora el enemigo tiene rostro, nombre, y una voz que escribe en verso y mata en silencio.