Memento mori
Memento mori Las piezas del rompecabezas empiezan a encajar, pero no para resolver el crimen, sino para revelar la magnitud del laberinto. Carapocha lo ve claro: Augusto Ledesma no actúa por impulso. Es un arquitecto de emociones oscuras, y cada crimen es una confesión velada. Sancho y su equipo ahora saben lo más importante: él los está viendo. Siempre un paso adelante. Siempre listo para el siguiente movimiento.
Mientras rastrean su pasado, descubren la historia clÃnica de un joven brillante, aislado, criado por una madre enferma de odio y religión. Ledesma creció entre libros y castigos. Entre versos y silencio. Su expediente muestra inteligencia superior y una adolescencia marcada por el desprecio hacia el mundo. Pero no hay registros de violencia… hasta ahora.
—Es como si hubiese esperado toda su vida para hacer esto —dice Carapocha—. Y lo está haciendo a la perfección.
Vuelve a aparecer otro cadáver. Otra mujer. El poema esta vez es más crÃptico, casi una adivinanza. Carapocha encuentra referencias filosóficas, citas de Nietzsche, e incluso construcciones propias inspiradas en la tradición poética más clásica. Esto ya no es solo asesinato. Es exhibición.
—¿Y si cada vÃctima representa una parte de él mismo que quiere destruir? —propone Sancho.
