Memento mori
Memento mori —O que quiere inmortalizar —corrige Carapocha.
Las vÃctimas empiezan a conectarse: trabajaban en los mismos cÃrculos, habÃan tenido contacto directo o indirecto con Ledesma. Pero es como si él borrara sus huellas incluso antes de cometer el crimen. Ningún patrón clásico se aplica.
Sancho empieza a obsesionarse. Lo ve en sueños, en cada sombra. Ledesma se convierte en una figura omnipresente, casi mitológica. El inspector no lo dice, pero lo siente: si no lo detiene, terminará cruzando la lÃnea. Porque esta no es solo una caza. Es un reflejo.
—¿Sabes qué es lo más perturbador de todo esto? —le dice Matesanz una noche—. Que empieza a gustarte.
Y tiene razón. Sancho está fascinado. El miedo se mezcla con respeto. Con asco. Con una extraña admiración. Es la misma sensación que Ledesma quiere provocar. Está manipulando el relato. Haciendo de Sancho un personaje más.
En paralelo, Carapocha empieza a mostrar grietas. Su conexión con el asesino es más profunda de lo que admite. Algo en su pasado lo une a esta forma de pensar, de sentir, de matar. No lo dice, pero su mirada lo grita.